¿De qué familia hablamos cuando hablamos de agricultura familiar? Una revisión posible a partir del feminismo cuir
- Autores
- Lemmi, Soledad
- Año de publicación
- 2024
- Idioma
- español castellano
- Tipo de recurso
- parte de libro
- Estado
- versión publicada
- Descripción
- A la luz de mis experiencias en el territorio hortícola platense, en este capítulo me propongo realizar un aporte a las formas en que se ha entendido y conceptualizado a la agricultura familiar, poniendo especial atención en la categoría familia. Para ello partiré de los aportes realizados desde el Feminismo Cuir el cual me permitirá revisar críticamente las formas en que dicho concepto ha sido construido y utilizado, proponiendo una forma alternativa de mirar el campo y por ende las conclusiones que de ahí se desprenden. Estas reflexiones surgen a partir de mi experiencia como militante en un movimiento de familias horticultoras en el periurbano del Gran La Plata (prov. de Buenos Aires); así como de mis tareas como investigadora, docente y extensionista en una escuela secundaria pública de gestión estatal, ubicada en dicho territorio y a la que asisten mayoritariamente estudiantes integrantes de estas familias. Cuando comencé mi militancia en el Área de género del movimiento mencionado, asumí, al igual que el resto de mis compañeras militantes, que el aborto y las disidencias sexo-genéricas eran temas tabú. Al año y medio de militancia compartida, realizamos una consulta anónima de temas que las productoras quisieran charlar vinculados a su sexualidad. Entre las preguntas apareció esta: “sobre la elección sexual ¿cómo afrontar a la sociedad?” En otro encuentro se preguntó qué mujeres de las presentes se habían sentido atraídas por otras mujeres, a lo que tres compañeras productoras respondieron afirmativamente. Asimismo, charlando con estudiantes en la escuela en mi rol de extensionista, dos mujeres jóvenes me comentaron abiertamente ser bisexuales, al tiempo en que una estaba de novia con otra mujer. En esa charla me contó el momento en que le dijo a sus xadres y lo difícil que había sido porque “a los paisanos no les gusta eso”. Hace ya muchos años que el movimiento feminista y de la disidencia sexo-genérica y sus teóricxs han conceptualizado al patriarcado como un sistema de dominación y disciplinamiento social. En los últimos años el feminismo cuir aportó una nueva lectura crítica a los desarrollos de la teoría feminista existente hasta ese momento. En ella puso a jugar una mirada no binaria, crítica del cis-género y de las construcciones sociales que se sustentan en él y que organizan a la sociedad en familias monogámicas, cis-heterosexuales, capitalistas, patriarcales, blancas, donde el universal es siempre masculino. En la medida en que me fui relacionando íntimamente con mujeres y jóvenas integrantes de las familias hortícolas fueron apareciendo las disidencias, los deseos lésbicos y las sospechas de homosexualidad masculina sobre varones que “no se habían casado”, “vive sólo, es raro”, “no tiene mujer, nunca tuvo”. Es a partir de esto que me pregunté: ¿de qué familia hablamos cuando hablamos de agricultura familiar?, ¿qué pasaría si dos mujeres que se declaran abierta y públicamente esposas deciden alquilar una porción de tierra para producir?, ¿alguien les alquilaría?; ¿qué implicancias tendría a la hora de comercializar la producción que dos varones emparejados, maricas, sean los oferentes?, ¿algún camionero les compraría?, ¿serían invitados a los espacios de sociabilidad de la comunidad y del gremio que también son parte central del ciclo de la reproducción? Es claro que en “el closet” el patriarcado admite dichas existencias, pero ¿qué pasa cuando esto es manifestado públicamente y se reclaman derechos? Me pregunté entonces por la existencia de sujetes con identidades sexo-genéricas disidentes dentro de la producción, cómo reproducen sus vidas, cómo trabajan, a qué diosxs veneran, qué tipología de agricultura familiar les abarca. También me pregunté ¿qué pasaría si una pareja que produce como “familia” decide divorciarse?, ¿qué consecuencias trae esto sobre la continuidad del ciclo productivo? Sobre todo teniendo en cuenta que se vive en el mismo lugar en que se trabaja. El sistema patriarcal, la heteronorma y la monogamia también son centrales en la reproducción del capitalismo y por ende de las clases que le dan vida, habilitando u obturando la posibilidad de ser y hacer. Es a partir de estas reflexiones que toman especial relevancia consignas históricas del movimiento transfeminista disidente tales como “lo personal es político” y “lo que no se nombra no existe”. Y si no hay signos de “evidencia” de su existencia ni en los trabajos académicos escritos hasta el momento, ni en los primeros acercamientos al campo, entonces debemos preguntarnos por su silencio, por su invisibilización. ¿Es posible construir una tipología de agricultura familiar no cisheterosexual patriarcal monogámica? ¿Es posible una agricultura de mujeres, gays, lesbianas, travestis, trans, bisexuales, intersex, no binaries y cuirs? Para llevar adelante las reflexiones mencionadas partí de un enfoque histórico etnográfico e interseccional, entendiéndolo como una herramienta analítica que permite dar cuenta de la realidad social no documentada, desde la perspectiva de les múltiples sujetes que la construyen y junto a elles. Esta perspectiva permite describir ambientes y narrar procesos que están ausentes en los discursos oficiales y que explican gran parte de lo que está en juego en las identificaciones sexo-genéricas, a través del análisis de sus dinámicas propias.
Fil: Lemmi, Soledad. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Centro Científico Tecnológico Conicet - La Plata. Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales; Argentina - Materia
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PERIURBANO HORTICOLA
GÉNERO
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AGRICULTURA FAMILIAR - Nivel de accesibilidad
- acceso abierto
- Condiciones de uso
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Estas reflexiones surgen a partir de mi experiencia como militante en un movimiento de familias horticultoras en el periurbano del Gran La Plata (prov. de Buenos Aires); así como de mis tareas como investigadora, docente y extensionista en una escuela secundaria pública de gestión estatal, ubicada en dicho territorio y a la que asisten mayoritariamente estudiantes integrantes de estas familias. Cuando comencé mi militancia en el Área de género del movimiento mencionado, asumí, al igual que el resto de mis compañeras militantes, que el aborto y las disidencias sexo-genéricas eran temas tabú. Al año y medio de militancia compartida, realizamos una consulta anónima de temas que las productoras quisieran charlar vinculados a su sexualidad. Entre las preguntas apareció esta: “sobre la elección sexual ¿cómo afrontar a la sociedad?” En otro encuentro se preguntó qué mujeres de las presentes se habían sentido atraídas por otras mujeres, a lo que tres compañeras productoras respondieron afirmativamente. Asimismo, charlando con estudiantes en la escuela en mi rol de extensionista, dos mujeres jóvenes me comentaron abiertamente ser bisexuales, al tiempo en que una estaba de novia con otra mujer. En esa charla me contó el momento en que le dijo a sus xadres y lo difícil que había sido porque “a los paisanos no les gusta eso”. Hace ya muchos años que el movimiento feminista y de la disidencia sexo-genérica y sus teóricxs han conceptualizado al patriarcado como un sistema de dominación y disciplinamiento social. En los últimos años el feminismo cuir aportó una nueva lectura crítica a los desarrollos de la teoría feminista existente hasta ese momento. En ella puso a jugar una mirada no binaria, crítica del cis-género y de las construcciones sociales que se sustentan en él y que organizan a la sociedad en familias monogámicas, cis-heterosexuales, capitalistas, patriarcales, blancas, donde el universal es siempre masculino. En la medida en que me fui relacionando íntimamente con mujeres y jóvenas integrantes de las familias hortícolas fueron apareciendo las disidencias, los deseos lésbicos y las sospechas de homosexualidad masculina sobre varones que “no se habían casado”, “vive sólo, es raro”, “no tiene mujer, nunca tuvo”. Es a partir de esto que me pregunté: ¿de qué familia hablamos cuando hablamos de agricultura familiar?, ¿qué pasaría si dos mujeres que se declaran abierta y públicamente esposas deciden alquilar una porción de tierra para producir?, ¿alguien les alquilaría?; ¿qué implicancias tendría a la hora de comercializar la producción que dos varones emparejados, maricas, sean los oferentes?, ¿algún camionero les compraría?, ¿serían invitados a los espacios de sociabilidad de la comunidad y del gremio que también son parte central del ciclo de la reproducción? Es claro que en “el closet” el patriarcado admite dichas existencias, pero ¿qué pasa cuando esto es manifestado públicamente y se reclaman derechos? Me pregunté entonces por la existencia de sujetes con identidades sexo-genéricas disidentes dentro de la producción, cómo reproducen sus vidas, cómo trabajan, a qué diosxs veneran, qué tipología de agricultura familiar les abarca. También me pregunté ¿qué pasaría si una pareja que produce como “familia” decide divorciarse?, ¿qué consecuencias trae esto sobre la continuidad del ciclo productivo? Sobre todo teniendo en cuenta que se vive en el mismo lugar en que se trabaja. El sistema patriarcal, la heteronorma y la monogamia también son centrales en la reproducción del capitalismo y por ende de las clases que le dan vida, habilitando u obturando la posibilidad de ser y hacer. Es a partir de estas reflexiones que toman especial relevancia consignas históricas del movimiento transfeminista disidente tales como “lo personal es político” y “lo que no se nombra no existe”. Y si no hay signos de “evidencia” de su existencia ni en los trabajos académicos escritos hasta el momento, ni en los primeros acercamientos al campo, entonces debemos preguntarnos por su silencio, por su invisibilización. ¿Es posible construir una tipología de agricultura familiar no cisheterosexual patriarcal monogámica? ¿Es posible una agricultura de mujeres, gays, lesbianas, travestis, trans, bisexuales, intersex, no binaries y cuirs? Para llevar adelante las reflexiones mencionadas partí de un enfoque histórico etnográfico e interseccional, entendiéndolo como una herramienta analítica que permite dar cuenta de la realidad social no documentada, desde la perspectiva de les múltiples sujetes que la construyen y junto a elles. Esta perspectiva permite describir ambientes y narrar procesos que están ausentes en los discursos oficiales y que explican gran parte de lo que está en juego en las identificaciones sexo-genéricas, a través del análisis de sus dinámicas propias.Fil: Lemmi, Soledad. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Centro Científico Tecnológico Conicet - La Plata. Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. 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Cuando comencé mi militancia en el Área de género del movimiento mencionado, asumí, al igual que el resto de mis compañeras militantes, que el aborto y las disidencias sexo-genéricas eran temas tabú. Al año y medio de militancia compartida, realizamos una consulta anónima de temas que las productoras quisieran charlar vinculados a su sexualidad. Entre las preguntas apareció esta: “sobre la elección sexual ¿cómo afrontar a la sociedad?” En otro encuentro se preguntó qué mujeres de las presentes se habían sentido atraídas por otras mujeres, a lo que tres compañeras productoras respondieron afirmativamente. Asimismo, charlando con estudiantes en la escuela en mi rol de extensionista, dos mujeres jóvenes me comentaron abiertamente ser bisexuales, al tiempo en que una estaba de novia con otra mujer. En esa charla me contó el momento en que le dijo a sus xadres y lo difícil que había sido porque “a los paisanos no les gusta eso”. Hace ya muchos años que el movimiento feminista y de la disidencia sexo-genérica y sus teóricxs han conceptualizado al patriarcado como un sistema de dominación y disciplinamiento social. En los últimos años el feminismo cuir aportó una nueva lectura crítica a los desarrollos de la teoría feminista existente hasta ese momento. En ella puso a jugar una mirada no binaria, crítica del cis-género y de las construcciones sociales que se sustentan en él y que organizan a la sociedad en familias monogámicas, cis-heterosexuales, capitalistas, patriarcales, blancas, donde el universal es siempre masculino. En la medida en que me fui relacionando íntimamente con mujeres y jóvenas integrantes de las familias hortícolas fueron apareciendo las disidencias, los deseos lésbicos y las sospechas de homosexualidad masculina sobre varones que “no se habían casado”, “vive sólo, es raro”, “no tiene mujer, nunca tuvo”. Es a partir de esto que me pregunté: ¿de qué familia hablamos cuando hablamos de agricultura familiar?, ¿qué pasaría si dos mujeres que se declaran abierta y públicamente esposas deciden alquilar una porción de tierra para producir?, ¿alguien les alquilaría?; ¿qué implicancias tendría a la hora de comercializar la producción que dos varones emparejados, maricas, sean los oferentes?, ¿algún camionero les compraría?, ¿serían invitados a los espacios de sociabilidad de la comunidad y del gremio que también son parte central del ciclo de la reproducción? Es claro que en “el closet” el patriarcado admite dichas existencias, pero ¿qué pasa cuando esto es manifestado públicamente y se reclaman derechos? Me pregunté entonces por la existencia de sujetes con identidades sexo-genéricas disidentes dentro de la producción, cómo reproducen sus vidas, cómo trabajan, a qué diosxs veneran, qué tipología de agricultura familiar les abarca. También me pregunté ¿qué pasaría si una pareja que produce como “familia” decide divorciarse?, ¿qué consecuencias trae esto sobre la continuidad del ciclo productivo? Sobre todo teniendo en cuenta que se vive en el mismo lugar en que se trabaja. El sistema patriarcal, la heteronorma y la monogamia también son centrales en la reproducción del capitalismo y por ende de las clases que le dan vida, habilitando u obturando la posibilidad de ser y hacer. Es a partir de estas reflexiones que toman especial relevancia consignas históricas del movimiento transfeminista disidente tales como “lo personal es político” y “lo que no se nombra no existe”. Y si no hay signos de “evidencia” de su existencia ni en los trabajos académicos escritos hasta el momento, ni en los primeros acercamientos al campo, entonces debemos preguntarnos por su silencio, por su invisibilización. ¿Es posible construir una tipología de agricultura familiar no cisheterosexual patriarcal monogámica? ¿Es posible una agricultura de mujeres, gays, lesbianas, travestis, trans, bisexuales, intersex, no binaries y cuirs? Para llevar adelante las reflexiones mencionadas partí de un enfoque histórico etnográfico e interseccional, entendiéndolo como una herramienta analítica que permite dar cuenta de la realidad social no documentada, desde la perspectiva de les múltiples sujetes que la construyen y junto a elles. Esta perspectiva permite describir ambientes y narrar procesos que están ausentes en los discursos oficiales y que explican gran parte de lo que está en juego en las identificaciones sexo-genéricas, a través del análisis de sus dinámicas propias. 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Cuando comencé mi militancia en el Área de género del movimiento mencionado, asumí, al igual que el resto de mis compañeras militantes, que el aborto y las disidencias sexo-genéricas eran temas tabú. Al año y medio de militancia compartida, realizamos una consulta anónima de temas que las productoras quisieran charlar vinculados a su sexualidad. Entre las preguntas apareció esta: “sobre la elección sexual ¿cómo afrontar a la sociedad?” En otro encuentro se preguntó qué mujeres de las presentes se habían sentido atraídas por otras mujeres, a lo que tres compañeras productoras respondieron afirmativamente. Asimismo, charlando con estudiantes en la escuela en mi rol de extensionista, dos mujeres jóvenes me comentaron abiertamente ser bisexuales, al tiempo en que una estaba de novia con otra mujer. En esa charla me contó el momento en que le dijo a sus xadres y lo difícil que había sido porque “a los paisanos no les gusta eso”. Hace ya muchos años que el movimiento feminista y de la disidencia sexo-genérica y sus teóricxs han conceptualizado al patriarcado como un sistema de dominación y disciplinamiento social. En los últimos años el feminismo cuir aportó una nueva lectura crítica a los desarrollos de la teoría feminista existente hasta ese momento. En ella puso a jugar una mirada no binaria, crítica del cis-género y de las construcciones sociales que se sustentan en él y que organizan a la sociedad en familias monogámicas, cis-heterosexuales, capitalistas, patriarcales, blancas, donde el universal es siempre masculino. En la medida en que me fui relacionando íntimamente con mujeres y jóvenas integrantes de las familias hortícolas fueron apareciendo las disidencias, los deseos lésbicos y las sospechas de homosexualidad masculina sobre varones que “no se habían casado”, “vive sólo, es raro”, “no tiene mujer, nunca tuvo”. Es a partir de esto que me pregunté: ¿de qué familia hablamos cuando hablamos de agricultura familiar?, ¿qué pasaría si dos mujeres que se declaran abierta y públicamente esposas deciden alquilar una porción de tierra para producir?, ¿alguien les alquilaría?; ¿qué implicancias tendría a la hora de comercializar la producción que dos varones emparejados, maricas, sean los oferentes?, ¿algún camionero les compraría?, ¿serían invitados a los espacios de sociabilidad de la comunidad y del gremio que también son parte central del ciclo de la reproducción? Es claro que en “el closet” el patriarcado admite dichas existencias, pero ¿qué pasa cuando esto es manifestado públicamente y se reclaman derechos? Me pregunté entonces por la existencia de sujetes con identidades sexo-genéricas disidentes dentro de la producción, cómo reproducen sus vidas, cómo trabajan, a qué diosxs veneran, qué tipología de agricultura familiar les abarca. También me pregunté ¿qué pasaría si una pareja que produce como “familia” decide divorciarse?, ¿qué consecuencias trae esto sobre la continuidad del ciclo productivo? Sobre todo teniendo en cuenta que se vive en el mismo lugar en que se trabaja. El sistema patriarcal, la heteronorma y la monogamia también son centrales en la reproducción del capitalismo y por ende de las clases que le dan vida, habilitando u obturando la posibilidad de ser y hacer. Es a partir de estas reflexiones que toman especial relevancia consignas históricas del movimiento transfeminista disidente tales como “lo personal es político” y “lo que no se nombra no existe”. Y si no hay signos de “evidencia” de su existencia ni en los trabajos académicos escritos hasta el momento, ni en los primeros acercamientos al campo, entonces debemos preguntarnos por su silencio, por su invisibilización. ¿Es posible construir una tipología de agricultura familiar no cisheterosexual patriarcal monogámica? ¿Es posible una agricultura de mujeres, gays, lesbianas, travestis, trans, bisexuales, intersex, no binaries y cuirs? Para llevar adelante las reflexiones mencionadas partí de un enfoque histórico etnográfico e interseccional, entendiéndolo como una herramienta analítica que permite dar cuenta de la realidad social no documentada, desde la perspectiva de les múltiples sujetes que la construyen y junto a elles. Esta perspectiva permite describir ambientes y narrar procesos que están ausentes en los discursos oficiales y que explican gran parte de lo que está en juego en las identificaciones sexo-genéricas, a través del análisis de sus dinámicas propias. |
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