Democracia, derechos y desigualdad

Autores
Rinesi, Eduardo
Año de publicación
2023
Idioma
español castellano
Tipo de recurso
documento de conferencia
Estado
versión publicada
Descripción
Tres palabritas buscan enlazar el título de esta mesa y de esta presentación, y se trata de tres palabritas enhebradas, articuladas. La primera, democracia, es muy antigua. La inventaron los viejos y queridos griegos hace una punta de años, y alude, como sabemos bien, al poder (kratós) del pueblo (démos), a un tipo de gobierno, a un régimen de gobierno, a una cierta forma de organización de las magistraturas en la que el pueblo detenta y ejerce la soberanía. Los griegos inventaron esta idea y esta forma de gobierno, pero es necesario empezar por decir que no sabemos muy bien qué pensaban acerca de ella. Yo supongo que a la mayoría de los antiguos griegos, a los campesinos, a los soldados, a los artesanos, a los navegantes, les debe haber parecido muy bien, porque era una forma de gobierno que los reconocía como ciudadanos, que les daba la palabra en los debates públicos y les confería la dignidad de iguales a todos los demás. Pero el problema es que los campesinos, los soldados, los artesanos y los navegantes de la antigua Grecia no sabían escribir y por lo tanto no nos dejaron testimonio de cuánto les gustaba o les dejaba de gustar ese tipo de gobierno para validar nuestra muy razonable hipótesis. Los que sí sabían escribir eran los filósofos, y a ellos, la verdad sea dicha, la democracia no les gustaba ni un poquito. Por dos razones. Una es que la democracia era el gobierno del pueblo, y como la mayoría del pueblo, en todas las ciudades conocidas, era pobre, la democracia terminaba siendo el gobierno de clase de los pobres, tan cuestionable, en tanto gobierno de una clase, de los miembros de una clase, como el gobierno de clase de los ricos, para el que los griegos en general y Aristóteles en particular reservaban el odioso nombre de oligarquía. La otra es que el principio mismo sobre el que se sostenía la idea de la democracia, a saber, el principio de la soberanía popular, implicaba que, en un tal sistema de gobierno, no se podía reconocer ningún poder (ni el de la Constitución ni el de las leyes ni el de las tradiciones) superior al del pueblo reunido, discutiendo y decidiendo en asamblea, lo cual –como ha mostrado Julián Gallego– hacía de la democracia un sinónimo, o al menos una segura antesala, de lo que los griegos llamaban anarquía, es decir, del desorden, el caos y el desgobierno. La hoy muy prestigiosa palabra "democracia”, como vemos, inicia su larga jornada en la historia de las ideas políticas de Occidente como una mala palabra, y la verdad es que no dejará de tener ese estatuto desde ese remoto comienzo de su historia y hasta ayer nomás. La palabra "democracia”, en efecto, fue durante muchos siglos sinónimo de gobierno de la chusma y de desorden y desarreglo de las cosas.
Facultad de Trabajo Social
Materia
Trabajo Social
Derechos
Pensamiento social
Ideología
Nivel de accesibilidad
acceso abierto
Condiciones de uso
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/
Repositorio
SEDICI (UNLP)
Institución
Universidad Nacional de La Plata
OAI Identificador
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description Tres palabritas buscan enlazar el título de esta mesa y de esta presentación, y se trata de tres palabritas enhebradas, articuladas. La primera, democracia, es muy antigua. La inventaron los viejos y queridos griegos hace una punta de años, y alude, como sabemos bien, al poder (kratós) del pueblo (démos), a un tipo de gobierno, a un régimen de gobierno, a una cierta forma de organización de las magistraturas en la que el pueblo detenta y ejerce la soberanía. Los griegos inventaron esta idea y esta forma de gobierno, pero es necesario empezar por decir que no sabemos muy bien qué pensaban acerca de ella. Yo supongo que a la mayoría de los antiguos griegos, a los campesinos, a los soldados, a los artesanos, a los navegantes, les debe haber parecido muy bien, porque era una forma de gobierno que los reconocía como ciudadanos, que les daba la palabra en los debates públicos y les confería la dignidad de iguales a todos los demás. Pero el problema es que los campesinos, los soldados, los artesanos y los navegantes de la antigua Grecia no sabían escribir y por lo tanto no nos dejaron testimonio de cuánto les gustaba o les dejaba de gustar ese tipo de gobierno para validar nuestra muy razonable hipótesis. Los que sí sabían escribir eran los filósofos, y a ellos, la verdad sea dicha, la democracia no les gustaba ni un poquito. Por dos razones. Una es que la democracia era el gobierno del pueblo, y como la mayoría del pueblo, en todas las ciudades conocidas, era pobre, la democracia terminaba siendo el gobierno de clase de los pobres, tan cuestionable, en tanto gobierno de una clase, de los miembros de una clase, como el gobierno de clase de los ricos, para el que los griegos en general y Aristóteles en particular reservaban el odioso nombre de oligarquía. La otra es que el principio mismo sobre el que se sostenía la idea de la democracia, a saber, el principio de la soberanía popular, implicaba que, en un tal sistema de gobierno, no se podía reconocer ningún poder (ni el de la Constitución ni el de las leyes ni el de las tradiciones) superior al del pueblo reunido, discutiendo y decidiendo en asamblea, lo cual –como ha mostrado Julián Gallego– hacía de la democracia un sinónimo, o al menos una segura antesala, de lo que los griegos llamaban anarquía, es decir, del desorden, el caos y el desgobierno. La hoy muy prestigiosa palabra "democracia”, como vemos, inicia su larga jornada en la historia de las ideas políticas de Occidente como una mala palabra, y la verdad es que no dejará de tener ese estatuto desde ese remoto comienzo de su historia y hasta ayer nomás. La palabra "democracia”, en efecto, fue durante muchos siglos sinónimo de gobierno de la chusma y de desorden y desarreglo de las cosas.
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